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JUSTICIA Y CRIMINALIDAD EN TOLEDO Y SUS MONTES EN LA EDAD MODERNA, de Alfredo Rodríguez González
 
 
JUSTICIA Y CRIMINALIDAD EN TOLEDO Y SUS MONTES EN LA EDAD MODERNA
         
     Se manifiesta este documentado libro como una exhaustiva y precisa radiografía de la sociedad de la España de los siglos XVI al XIX centrada en Toledo y sus antiguas tierras monteñas, de la que queda excluida la parte noble y aristocrática. Por tanto, desfilan por las 325 páginas del libro representantes de todos los oficios, trabajos y condiciones en que se desarrollaba la vida cotidiana de aquellos siglos integrados en la “Edad Moderna”, con los que se compone un amplio y pintoresco cromo social de la España rural del Antiguo Régimen. Así, encontramos labradores honrados, galeotes y vagabundos sin arte ni oficio; hidalgos y cristianos viejos celosos y orgullosos de su condición de serlo, curanderos y vividores, doncellas burlas, alcahuetas y celestinas, jóvenes desmedidos y revoltosos, vagos y maleantes, entre los que se encontraba “el que anda de pueblo en pueblo con máquina real, linterna mágica, perros y otros animales adiestrados, como las marmotitas o gatos que las imitan, asegurando así su subsistencia y causando (trastornos) con las medicinas que vende con aquel pretexto, haciendo creer que son remedios aprobados para todas las necesidades”, y numerosos clérigos descarriados e incontinentes. Y como la mayor parte de todos ellos debía delinquir para prolongarse en una precaria subsistencia sobre la que se cernía la amenaza constante de la violencia, aumentada en fiestas y otras ocasiones de diversión, el desarrollo global de la vida social exigía un sistema judicial que sancionara y castigara los hechos delictivos y otras fechorías cometidas por ese abigarrado paisanaje. Y de ellos, entresaco a los alguaciles, pregoneros, guardas y guardianes y ejecutores de la justicia, entre otros, y de estos últimos a la familia toledana apellidada Sastre, que ostentó el cargo de verdugo durante cinco generaciones en la ciudad y, debido a la escasez de empleados para desempeñar esta función, los Sastre eran solicitados por las administraciones de otros territorios para que aplicaran en ellos las sentencias ordenadas por la justicia.
     Así pues, los lugares en que se cumplían las penas y castigos (cárceles, galeras, torreones, presidios fuera de España), delincuentes, malhechores, criminales y otros penados; el refugio en sagrado y la inmunidad eclesiástica; la paupérrima y depravada vida carcelaria, el auxilio a los encarcelados que eran pobres de solemnidad; distintas maneras de aplicar la pena capital, la justicia local, etc., todo ello, pues, conjuntamente, es examinado con rigor por el autor. Y con todo ello, que le ha supuesto la consulta y estudio de más de ocho mil causas criminales,  pone de manifiesto el funcionamiento de la justicia en sus aspectos técnicos y jurídicos en Toledo y los pueblos de sus Montes.
     Y para dar cuenta de todo ello, divide el libro en tres grandes y suculentas partes con sus respectivos títulos, que van de lo general a lo particular y concreto. Cada parte, a su vez, se divide en varios capítulos que, a su vez, constan de varios subapartados en los que el autor trata de agotar todo lo relacionado con el tema central. Así, en la primera parte, “La Justicia y sus hombres”, da cuenta de manera general del sistema judicial de la época acotada, lo que se hace necesario para comprender en toda su extensión aquella desamparada sociedad rural y para envolver los delitos y a los delincuentes en aquellas circunstancias socioeconómicas y culturales en que se produjeron. También dedica  otro apartado a los encargados de administrar la justicia en Toledo y en los pueblos de sus Montes, en donde cobran especial protagonismo los guardas y los alguaciles. Y dentro de este panorama general, resultan sumamente interesantes los apartados referentes al traslado de presos de diversas cárceles a las de Toledo, pues la comitiva debía de ofrecer abigarradas estampas por los lugares por los que pasara. Como otras ejecuciones, las condiciones del contrato del traslado salían a subasta pública mediante pregón, como ocurrió el 30 de abril de 1681 en que era necesario trasladar un grupo de galeotes desde Valladolid a Toledo: “Qualquiera personas que quisieren hazer postura en la lleva de cadena de soldados de presidio y forzados de galeras desde la cárzel real de esta corte a la real de la ciudad de Toledo, acuda ante el señor Don Gregorio del Valle Arredondo, alcalde del crimen…”. Y se presentaron varias pujas, pero se aceptó la propuesta por Manuel Díez, equivalente a 124 reales por cada preso. Esta cabalgata me recuerda el famoso episodio en que Don Quijote libera a los galeotes… También habla Rodríguez González en esta parte del “refugio en sagrado”, que antes era privilegio del templo que derecho del delincuente.
     La segunda parte, “Los Criminales”, se desarrolla en un solo capítulo, desglosado en varios y amplios apartados, también con sus títulos correspondientes, y divididos, a su vez, en varios subapartados. Es, en verdad, la parte sustancial del libro. Como información general, habla el autor de los distintos tipos de delitos y de la tipología de sus protagonistas. Después, dedica espacio y tiempo a estudiar la diversión y el ocio en los pueblos monteños, momentos en los que la distensión, la desinhibición y la espontaneidad y en los que jamás faltaba el vino eran propicios para las desavenencias y para ajustar cuentas pendientes. Otro suculento apartado está dedicado a la mujer delictiva, en torno a la cual se relacionan otros subtemas: la prostitución: un hombre denuncia a la mujer prostituta porque su hijo le hurta y le desfalca para gastarlo con ella; el aborto, matrimonios concertados y obligados: un joven fue sacado de su pueblo para casarse con una mujer que era el ama del cura y también su amante. Y allí acudió con sus pertenencias sabiendo las relaciones entre al ama y el cura; pero, a los pocos días regresó a su pueblo con sus avíos y un perro chino de la joven. Aquella misma noche capó al perro y se lo devolvió a su dueña con este mensaje: “Cuando el cura esté así, me casaré contigo”. También Juan Sánchez, joven de Marjaliza, se negó en 1715 a casarse con su paisana María Estaban, alegando que él “no avía de comer lo que otros avían guisoteado”; la sexualidad en sus más diversas formas, incesto, estupro, raptos, fugas, adulterio (tema de la honra), alcahuetería, celestineo, etc. Todo ello implica en ocasiones crímenes pasionales y otros delitos contra la infancia: abandono del recién nacido. También dedica Rodríguez González un sabroso capítulo a los clérigos delincuentes, relacionados todos con el tema sexual. Y con todos estos temas y subtemas nos presenta el autor un abigarrado y miserable cromo de la España rural de la “edad moderna” gobernada por el Antiguo Régimen. Son estampas, imágenes, detalles de aquella paupérrima vida cotidiana, relacionadas con el mundo de la Justicia y exentas casi siempre de los serios y graves libros de Historia.
     Se pone también de manifiesto las pocas y reiteradas ocasiones de diversión de que gozaba la juventud. Veamos las travesuras de los mozos de Ventas en 1559, por las que los alcaldes fueron procesados porque las permitían. Resulta que varios grupos se habían enseñoreado del pueblo, se peleaban y “haziendo muchas bellaquerías por las calles, trastornan carros, y volviendo lo de arriba avajo y lo de avajo arriba, y ansimismo los vancos de los herreros llevarlos a la fuente y echarlos dentro y tomar cantos grandes y empinarlos en las calles y atravesarlos en medio de las calles para que  las gentes que pasan por ellas caygan en ellos y a pedradas quebrantar las puertas y ventanas y trastos y jarros que están en ellas”. Los espectáculos taurinos eran muy frecuentes y gozaban de plena aceptación popular, y se convertían también en momentos idóneos para que surgieran momentos de peleas y, también, para cobrarse de cuentas pendientes…    
     También se constata la vitalidad de algunos poblados que han desaparecido o tienen pocos habitantes: El Molinillo, localidad de la que hay más de doscientas referencias en este documentado libro, Hontanar, llamado también Hontanarejo…
     La parte más técnica es la tercera, “El Sistema Penitenciario”, y por eso también es la más breve. La dedica el autor a dar cuenta de los centros de reclusión de Toledo -de su estructura, de sus condiciones físicas e higiénicas-, de alguno de los cuales aún hay constancia en la actualidad en las calles de la ciudad. Me refiero al ilustrado dintel de la calle de nuestro egregio paisano, Alfonso X el Sabio, que identifica el lugar en el que estaba ubicada la cárcel real en los siglos XVI y XVII. Destaco ahora el apartado dedicado a “la vida cotidiana de los presos” en estos centros carcelarios: apelotonados, en condiciones higiénicas deplorables, comidas sólo las que les proporcionaban sus familiares junto a los que eran pobres de solemnidad y carecían de familiares y de cualquier otro benefactor… Comían lo que les proporcionaban los propios presos… También subrayo el último apartado: “La Ejecución de las penas: Tormento y Torturadores”, entre los que vuelvo a recordar a la familia Sastre.
     Y a este panorama desolador de aquella España que, sin engaño alguno, añadía notas patéticas al prolongado Siglo de Oro y el autor nos presenta con cientos de ejemplos, se han de añadir cerca de mil quinientas notas colocadas al final de cada parte que aclaran y complementan lo expuesto en el interior de cada capítulo y sus correspondientes apartados, por lo que aquel abigarrado cromo se amplía y esclarece. Destaco también que este vivir cotidiano de aquella España del Antiguo Régimen y su relación con la Justicia está expuesto con un lenguaje claro y preciso y entendible por una mayoría; a su vez, se ve enriquecido por una impronta clasicista que aportan los cientos y cientos de ejemplos y citas textuales correspondientes a elementos integrados en aquella sociedad campesina y por sus profesiones y oficios, de los que anoto unos cuantos a modo de botón:  salinero, patrón de torpezas, comisario de la venta de bienes de los moriscos, el alfóndiga, bonetero, buhonero, tejedor, tundidor, aguadores, menadores, hiladores de seda. Copio también una muestra de aquel vocabulario desconocido, prácticamente, en la actualidad pero con una enorme precisión lingüística: sotalcaide, sofaldar, chusma, tornicón, sevicia, uxoricidio (tecnicismo jurídico), moharrache, camones, rollones, goronda (eufemismo). Otros eufemismos: las necesarias (letrinas); tornillero (soldado desertor), “siendo yo capón de ambas criadillas”; “que ia abía tenido María Puta y Cornavallón, su marido”, etc.
     Y todo el libro va precedido de una Introducción y cerrado por las pertinentes conclusiones. Añade al autor, además, cuatro Apéndices que redundan en el afán de Rodríguez González por agotar el tema propuesto. Al final, aparece la correspondiente Bibliografía. Por todo ello, se ha de felicitar al autor por este exhaustivo y libro y a los pueblos monteños por tenerlo a su disposición.
 
 
Justicia y Criminalidad en Toledo y sus Montes en la Edad Moderna, de Alfredo RODRÍGUEZ GONZÁLEZ. Toledo. Ayuntamiento de Toledo, 2009.


 
 
 
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