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AGUA CORRIENTE, Santiago Sastre. Editorial Celya, 2011.
 
 
 
El último  libro de poemas de Santiago Sastre, Agua corriente, que salió a la plaza pública en diciembre, es un bodegón –o conjunto de bodegones- del alma humana presentado, aparentemente, de manera informal, a través de los cuales ofrece al hipotético lector distintos procederes de comportamiento, bien desde su experiencia personal, bien desde sus reflexiones filosóficas y de carácter existencial, sin dogmatismos y, a veces, con un hilito de humor. Pero vayamos por partes. Digo “un bodegón” porque todos los poemas, incluso los que surgen de una circunstancia y en ella se agotan, se relacionan con el tema trascendental del yo poético: su soledad, su individualidad aún dentro de la colectividad universal; la fe cristiana confesada y la existencia de un lugar de aterrizaje al que llegan los venturosos. (De los otros nada dice el poeta). Digo, por tanto, “un bodegón” al tomar el libro en su conjunto, y “conjunto de bodegones” del alma al considerar como autónomo cada poema, aunque todos hilvanados por la presencia del “yo poético”, bien en entrega dialéctica con los demás, bien monodialogando consigo mismo, como afirma Unamuno y aconseja Antonio Machado, pues quien dialoga consigo mismo hablará un día con Dios.  Y en cuanto al título, “agua corriente”, aparte de lo que explica el autor en “Nota previa”, hace referencia al fluir de conciencia del poeta: temores, angustias, sus convicciones cristianas, reflexiones consigo mismo, su situación a solas ante el mundo y ante los demás, y su toma de posición ante los enigmas existenciales y los universales del destino. Y brinda estas reflexiones, a modo de “grifos” abiertos, a los lectores para que cada cual se sirva de ellos a discreción. Y “corriente” alude al modo de decir, a la expresión teresiana de que “Dios también anda entre los pucheros”: sencilla, espontánea, popular y coloquial a veces; es decir, “corriente” y moliente. Sin embargo, por debajo de esta forma desdicente o informal, se esconde el pudor y la timidez del poeta a la hora de confesar su convicción religiosa y sus razones éticas y morale.
Estos diversos procederes, ante los que reflexiona Santiago Sastre se ciñen, pues, a los universales del destino: sobre la vida y la muerte -saber que la llevamos por implacable compañera: “La vida sólo puede crecer/ hasta lo hondo de la savia/ asumiendo la compañía de la muerte”, y ello implica felicidad: en efecto, “la felicidad es no tener miedo/ a esa corriente impetuosa/ que algún día lo llevará todo,/ pero todo,/ río abajo”; también, invitación a dejarse llevar por el fluir diario y aceptar las limitaciones propias del género humano, de aquí que resulte inútil pretender desentrañar los misterios existenciales, o agobiarse ante ellos, etc.-; sobre el amor (mejor sería decir sobre la acción de amar), lo que identifica como una “flor frágil”, que no admite lo mío ni mi yo, sino lo nuestro y nosotros, y así lo expresa en el poema de ese título, en el que elige un tú como referente directo: “Amar no es recibir: es dar/. Entregarte de forma incondicional/ y del todo,/ volcando por completo los latidos que eres./ Pero debes saber algo doloroso: / ella no podrá amarte como tú deseas/ porque, claro, no está en ti,/ y, ay, no puede llegar a todos/ tus rincones/. Por eso tu entrega/ no coincide con la suya”. Así pues, “abandona el barco de tu yo,/ asume que no te amarán como tú quieres/ y que con el tiempo/ no se pueden afilar todas las flores...”. El amor transfigura y transforma al que ama: “Eres un afluente cuando amas/. Tu agua toda sirve para saciar su caudal/ y ahuyentar el estiaje/. Eres tan suyo que ya flotas agarrado/ a su corriente/. Por eso no te asusta el mar/. Porque ya has muerto/ mucho antes/ de llegar a la desembocadura”.  Sobre Dios: en el poema “Unión mística de la mano de San Buenaventura”, verdadero acto de fe, el poeta desde su presente proyecta un futuro que termina en la fusión plena con el Dios-Todo: “Me sentiré feliz volcando/ mi todo en tu Todo./ Sé que así apagaré mi sed/ que me ha quemado desde siempre”. No obstante, como si pensara que todas las cosas han de suceder en un orden predeterminado, con resonancias de Miguel Hernández, afirma que “Todavía no quiero ser escombro/. Sé que entregándome a Tu agricultura/ crecerá el brote de la primavera”. Y cuando esté la fruta madura y próximo el viaje, con el polisíndeton de Juan Ramón Jiménez, dice. “Me moriré/ acompañando el sol hacia el poniente,/ y seguirán los pájaros cantando/ y mis poemas buscarán el verso libre,/ y me crecerán el pelo y las uñas/ a su aire, los muy traidores,/ pero ya sin mí”, lo hará reconfortado en el optimismo aupado por la fe, porque al final, triunfarán “el bien y la justicia”, pues “sé que con Él (Jesucristo) cerca,/ agarrado aunque sea a una gotita de su sangre,/ mi gusano podrá hacerse mariposa/ por encima de todas las tempestades posibles”. Y como ocurre que el diario vivir nos distrae demasiadas veces de lo trascendental, en acto de contrición se dirige a Dios en el poema que empieza con  este verso prestado:
“Señor, si no te canto no te enojes”.                                                                            
Decía antes que el poeta, a veces, introduce una pizca de humor para romper con la pesadumbre ante los misterios inescrutables del ser humano. Así, en Barojiana, extraordinario poema que es mucho más que esto,  expone que “El árbol del bien y del mal/ no te ayudará a descubrir/ el secreto de la existencia”; por tanto, ante este inextricable  misterio, nos invita a lanzarnos “de lleno al árbol de la vida./ Disfruta, púlete los rosales,/ date gusto, quema las noches,/ métete en los charcos./ Pierdes el tiempo/ si crees que vivirás mejor/ si lo metes todo/ en el minúsculo caramanchón de tu cabeza”. 
                                                                     
También es Agua corriente una invitación a reflexionar sobre nosotros mismos: “En busca del yo perdido”,  y “Locus solus”  nos propone una autoevaluación: “Acércate a ti/ totalmente desnudo/ a solas con lo que eres./ Si te cuesta, puedes llegar/ primero a tu aquel,/ luego a tu ese/ y al final a tu este,/ donde ya, sin piel y sin espinas y resumido,/ estás tête a tête con tu hombre rupestre (…) Si te acercas más a tu naturaleza/ verás que eres primo hermano/ de la preposición hacia”, y en “Ecce Homo”, nos recuerda que somos únicos e irrepetibles en la especie humana: “Soy yo, sí/, y me apellido Todos”. Y en “M40” cifra un original deseo: “¡Ojalá la sangre también recogiera los defectos/ y los recuerdos puntiagudos/ que encuentra por el camino/ y se los llevara muy lejos,/ envueltos en el adiós/ del sudor y de la orina!”. En varios poemas insiste en no abandonarnos ante la dificultad. Así, en “Teseo”  hay que estar “dispuesto a coger el toro por los cuernos”, y al final lograremos convertirlo en “vaquilla”, y en el arrojo del vivir en el soneto “Sobrevida”, que se abre con este expresivo endecasílabo: “Tú apuesta siempre por la vida a muerte”, que recuerda al extraordinario “Luchando cuerpo a cuerpo con la muerte”, de Blas de Otero, y en el clásico “Coge, doncella, las rosas”, con los aromas de “Palabras para Julia”, de José Agustín Goytisolo . Y una rebeldía contra los prejuicios, propios e impuestos, para conocer en “Don Quijote y el donoso escrutinio”:
“El verdadero mal es la ignorancia,/ el fanatismo de vuestros prejuicios/ y la mirada que se queda sólo/ en lo que entra a la altura de las manos”.  
                                                                                                                   
El libro es, en resumidas cuentas, un exponerse en canal ante el mundo: su sincera fe religiosa, su concepción generosa del amor, su dolerse ante el dolor causado a los demás por sus defectos: su proclamada complacencia con su “aura mediocritas” en el poema “El Rey de Barataria”: “Lo cambio todo (glorias, riquezas y honores) por la aristocracia/ de vivir con quien elijo y así hacer/ lo que me sale de los cataplines,/ por decirlo en neto. Es mi Barataria/ tener buena tierra en el corazón/ para sembrar la savia que me gusta./ Y si en mi escudo apareciera un lema/ pondría que hice todo por estar/ siempre en zapatillas de andar por casa”. 
                         
Estos y otros muchos sentimientos y pensamientos expuestos en forma dialéctica cobran forma en este original poemario, que se abre, precisamente, con una sincera confesión del “yo poético” de su incapacidad para explicar todas las sensaciones que le aporta el surtidor interior de su poesía, y de comprender los misterios que se codean con la vida diaria: “No sé contar el esfuerzo de la luz/ para convertirse en suelo/. No sé en qué cordillera ha estudiado el frío/. No entiendo el idioma/ del perfume de la rosa”. Pero se afana por dar con la palabra precisa y la frase hecha necesaria, aunque tenga que romperla, vaciarla de su primer significado o darle otro, porque sabe que “El lenguaje es una caja de herramientas/ donde encuentro lo que necesito/ para ir más allá de mi estatura”.  Y ante estos y tantos misterios que le abruman y rodean, el poeta se autodefine: “Sólo soy un resplandor ante el misterio/. Sólo os cuento una milésima parte de lo que veo/ al acercarme a este vivir en el que estoy,/ que se esfuma con la rapidez/ con la que pasan los ciclistas”. También está presente la protesta y la denuncia ante la desidia de los gobernantes: “Elegía al río Tajo” es muestra de ello. Y una invitación al consenso y romper silencios e incomprensiones. Así, “En Como En Hijos de un Dios Menor”, leemos: “A veces pareces sordomuda/ y termino encerrado en el eco/ redundante de mi palabrería/. Otras soy yo el sordomudo/ y siento cómo tu hablar es una lluvia/ que se queda detrás de los cristales/. Por eso debemos lanzarnos/ desnudísimos a la piscina/ y crear un lenguaje silencioso/ en el que florezcan/ las cuerdas vocales de ese nosotros/ que nos llevará, definitivamente/, a la playa de entendernos”. 
                                                                                                        
Bastantes poemas adquieren la forma del diálogo convertido en monólogo, y el carácter narrativo y tono conversacionales: “Vamos a ver/. Con la luz empírica de la ciencia/ sólo puedes conocer/ un poco del lago de la vida…”. Y todo ello lo hace con un lenguaje próximo, sencillo, cotidiano y popular, en el que, además, la frase hecha tiene una presencia muy destacada, con que consigue ese estilo de “andar por casa en zapatillas”, como ya deseaba José Hiero. Y aquí está la enorme originalidad expresiva de Santiago Sastre, que estruja ese lenguaje cotidiano para sacarle todo su rendimiento comunicativo. Así, las frases hechas aparecen de muy diversas maneras: tal cuales las usa el vulgo “corriente” y moliente, bien con significados nuevos, bien truncadas o rotas para ganar en expresividad. Otras veces nominaliza una preposición: “eres primo hermano de la preposición hacia”, o conjunciones “bañarme en el ahora de la prensa”, “levantar un porqué” o una locución adverbial: “el alomejor”. También acude al neologismo para dar título a un poema: “Fluviamor”. Y un caso de onomatopeya: “Estaba ya tan cansado de tu blablablá”.   
                                                                                                                             
En cuanto a la forma externa, la asonancia del romance y otras asonancias; el soneto, cuartetos y, sobre todo, el verso libre con abundancia del endecasílabo son los envases elegidos. Entre ellos, como elemento novedoso y exótico, aparecen varios haikús japonés, fieles representantes del taoísmo (espontaneidad, ingenuidad y búsqueda de la realidad sin la intervención del yo subjetivo), de Confucio (la brevedad: tres versos de arte menor, la sobriedad y la concisión) y del Zen, corriente espiritual del budismo, del que recoge la concepción del mundo como un universo pleno de misterio y la idea de que en todas las cosas hay un principio divino. He aquí una muestra con el título, precisamente, de “Ejercicio Zen”: “El viejo monje/ estornudó/ con los ojos abiertos”. En fin, el haikú es la espontaneidad, la sencillez y la brevedad, la inspiración directa de la naturaleza, en el que se eternizan sensaciones concretas para convertirlas en símbolos vivientes de otras tantas visiones del mundo: “Hazte tierra/ donde pueda crecer/ cualquier semilla”, dice el poema titulado “Elogio de la vacuidad budista”. Y esta filosofía oriental y el contacto primario con la naturaleza, mezclado con profundas raíces cristianas alimentan el decir del poemario, expresado con un lenguaje sencillo para describir lo bello y lo sublime que se encuentra, precisamente, en lo ordinario de la vida.
                                
Y con todo ello tenemos un libro muy original y de fácil lectura, en el que como adornos literarios predominan la sencillez de su lenguaje, el verso libre, la paradoja, la metáfora a flor de piel y la anáfora con su correspondiente paralelismo sintáctico y las sugerencias e insinuaciones de poetas que forman el componente cultural de Santiago Sastre.
            
 
                                       SASTRE, Santiago: Agua corriente. Toledo. Editorial Celya, 2011.          
 
 
 
 
 
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