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TEMPLARIOS EN TOLEDO, de Luis Rodríguez Bausá
Ediciones Covarrubias, 2009
 
 
 
Ya estaba el otoño alto cuando asistí en el hotel Hilton a la presentación de un librito lleno de encanto, Templarios en Toledo, de Luis Rodríguez Bausá, integrado en la “Colección Cronicón” de Ediciones Covarrubias e ilustrado con numerosas fotografías en blanco y negro. Se trata de un libro de pequeño formato, de contenido muy interesante y de fácil y agradable lectura en el que el autor va exponiendo de manera elocuente los lugares de Toledo y su provincia relacionados con la arrogante, abigarrada y misteriosa Orden del Temple, bien con hechos constatados por los venerables vestigios aún presentes, bien por referencias históricas recogidas en crónicas y documentos. Alude también a otros de posible adscripción templaria.
El libro se estructura en cuatro grandes capítulos que van de lo general a lo particular: El Temple en España, en Castilla y en Toledo: Castillo de San Servando, la iglesia de San Miguel el Alto y la renombrada aún hoy en día Casa del Temple. Además, dedica un elocuente capítulo a “La Virgen Negra del Tiro”, localizada en una hornacina en lo más alto de un balcón en que hay colocada una polea y una cuerda “que vulgarmente llaman aquí un tiro” usada para subir “la cera y los demás utensilios que necesitaban para su elaboración”, en el exterior de la Catedral, en la calle de Sixto Ramón Parro concretamente.
Pero a lo que afirman las fuentes históricas sobre la presencia de los Templarios en Toledo, añade el autor otros vestigios y testimonios actuales –nombres de calles, la parroquia de San Bartolomé y la estrecha relación de este santo, junto con San Miguel, y la Orden, el hecho de que esta Virgen sea Negra, la localización de los gremios entorno a enclaves templarios, etc.-, son testimonios que redundan en la presencia de la Orden en Toledo. No obstante, llama la atención sobre numerosos indicios –señales, grabados, cruces, etc.-, que aún se encuentran en numerosos lugares y, que de manera precipitada y sin más averiguaciones, la impronta popular relaciona con y adjudica a los Templarios, en muchos casos de manera gratuita.
     El segundo bloque temático está dedicado a glosar cuatro lugares de la provincia que fueron asiento de los Templarios: la encomienda de Montalbán, en la que se integraban, además, los castillos de Ronda y de Villalba de Bolobrás (en Cebolla), con los que se controlaba el transcurso del Tajo entre Toledo y Talavera. Naturalmente, hablando de la encomienda de Montalbán, se ha de referir el autor también al castillo de su nombre y la venerable ermita de Nuestra Señora de Melque, a unos cuantos cientos de metros de la fortaleza, una de las de mayor extensión de España. El autor aduce testimonios y citas bibliográficas –los más antiguos se remontan a principios del siglo XIII, Cartularios de Toledo, las  Relaciones de Felipe II, Descripciones de Lorenzana, Catastro de la Ensenada, informes de Francisco Coello, Madoz, el Catálogo monumental del conde de Cedillo, Jiménez de Gregorio, Alarcón, Atienza y argumentos de otros muchos historiadores-, que resaltan la pertenencia de todas ellas a los Templarios.
     Juncos (Yuncos) también es recogido dentro de estos cuatro enclaves toledanos. Sin embargo, por no estar plenamente documentada su afiliación al Temple, pues los historiadores y estudiosos del tema no aportan la prueba definitiva que así lo justifique, lo presenta entre interrogaciones: bien es verdad, no obstante, que el autor aporta pruebas que hacen pensar que el pueblo toledano de Juncos, en plural y mencionado junto a otros pueblos de Toledo, perteneció a la famosa Orden. Y el último enclave toledano es El Carpio de Tajo y Ronda, cuya pertenencia a la Orden del Temple justifica con un documento de 1240, en el que se lee que los templarios, en contra de lo dictado por el papado, no se avenían a desprenderse de sus tierras en Carpio de Tajo. A este respecto, aduce el autor una cita de Jiménez de Gregorio: “Hubo un pleito entre los templarios de Melque y los calatravos de Ronda en el 1235; no conformes los templarios con la sentencia llamaron en auxilio a los moros, siendo excomulgados por ello en 1243”. Al final, Ronda continuó en manos de los templarios. Numerosos topónimos alusivos a San Bartolomé –ermitas, cuevas-, corroboran la presencia templaria en estos lares: “Los templarios tuvieron a San Bartolomé entre sus advocaciones, la regla incluye sus fiestas entre las pocas en que los caballeros tendrían que guardar ayunos, y en muchos de los lugares que ocuparon se le rindió culto”. Y en el artículo 352 se lee: “cada hermano está obligado a ayunar la víspera de San Bartolomé”. En fin; sobre el enclave de Ronda, argumenta Alarcón que “los templarios se hicieron cargo también del Santuario de Nuestra Señora de Ronda, si no es que fueron ellos quienes implantaron el culto en la capilla de su casa”.
     A continuación, incluye Rodríguez Bausá otros posibles enclaves toledanos relacionados con el Temple, como señalé al principio: Novés, basándose entre otros argumentos en su veneración a la Virgen Negra, cuya devoción se extendió por occidente al regreso de los templarios de las cruzadas; la Sierra de San Vicente, en donde numerosos testimonios aportados por petroglifos grabados en piedra, albergue de bosquecillos sagrados, topónimos (Cerro del Oso), aseguran que se trata de un áspero paraje mágico de los que tanto gustaban los templarios. Además, existe una orden dada por el rey Fernando III en la que afirma que se confisquen a los monjes-guerreros, entre otros lugares toledanos, “la encomienda de Castillo de Bayuelas, y los Conventos de San Servando y San Benito de Toledo”.
     Los Montes de Toledo es otro de los enclaves que ofrecen numerosos vestigios de posible ascendencia templaria: el Castillo de Dos Hermanas, de Navahermosa, Hontanar y Malamoneda, con su recio torreón que fue, sus sepulturas y sus leyendas. Sobre los dos primeros citados, Atienza dice: “Navahermosa y su vecina Hontanar son dos lugares a tener muy en cuenta para conocer o, al menos, para intuir la implantación del Temple”. Aún añade otra serie de lugares sobre los que merece la pena investigar su relación con la aguerrida Orden: Val de Santo Domingo y la despoblada Caudilla, Meseguer, San Pedro de la Mata, Carranque, Mocejón, San martín de Pusa, Mazarambroz, Malpica, Talavera, Los Yébenes, Torrijos y Consuegra, pues en todos ellos existen indicios, insinuaciones que muy bien pueden estar relacionados con la Orden.
     Se termina el librito con varias leyendas templarias: El fantasma templario de Malamoneda, El asedio del castillo de Montalbán, El bautismo de sangre, o la cruz del arzobispo Tenorio, La doncella de Oropesa y El fantasma del castillo de San Servando. Y una abundante bibliografía lo cierra. Así pues, de manera amena y con un lenguaje sencillo y próximo, el autor nos presenta la documentada presencia de los aguerridos monjes-soldados del Temple en Toledo, en varios lugares de su provincia y propone otros para su investigación y estudio, a partir de sugerencias e indicios que, muy bien, pueden significar su adscripción o relación con el Temple.  
 
 
 
 
 
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