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SÍMBOLOS HISTÓRICOS DE LA CIUDAD DE TOLEDO, de Ventura Leblic García
Ediciones Covarrubias. Toledo, 2009
 
 
 
SOBRE LA HERÁLDICA DE TOLEDO. OTRO LIBRO DE VENTURA LEBLIC
                            
 
         Este verano Ventura Leblic nos ha vuelto a sorprender con un nuevo libro. Se trata en esta ocasión de desentrañar el valor simbólico de los escudos y enseñas que se exhiben a diario en las puertas de la ciudad y en otros lugares preeminentes. También da minuciosa cuenta de la historia y significado de las banderas, estandartes, sellos y pendones que realzan procesiones, ceremonias, actos y escritos de carácter oficial. Son éstos valores y símbolos que esconden páginas de historia que, a pesar de verlas a diario, a pesar de estar habituados a verlas pasan desapercibidas para el gran común de los ciudadanos. En efecto, “Al ciudadano de a pie se le escapa en muchos casos distinguir entre armas, escudos, emblemas; cuáles son los elementos genuinos, los puramente ornamentales, etc., y crea un mundo confuso y subjetivo que se refleja en las distintas composiciones del “escudo” de Toledo que desean representar”, como dice el autor. Y esto es lo que desentraña Ventura Leblic y pone al alcance del lector en este libro incluido en la colección Cronicón de la editorial Covarrubias, en el que no faltan fotografías, dibujos y textos complementarios que corroboran, amplían o justifican las explicaciones del autor y que, en cualquier caso, nos ayudan a comprenderlas. Así pues, Ventura pretende introducir al lector “en los orígenes históricos de nuestros símbolos municipales, su evolución y ordenamiento conforme a la ciencia heráldica o vexilológica, para descifrar y utilizar correctamente los signos que nos identifican como institución”, con el fin de que conozca y descubra las claves históricas que muestran, pero ocultas por ignoradas para el común de los ciudadanos. Y es lo que hace en nueve sucintos capítulos, cerrados por un Apéndice de tres apartados y el correspondiente a la Bibliografía.
 
         Empieza deslindando lo “fabuloso, lo tradicional y lo documental” en las primitivas armas de la ciudad, para lo que se remonta a tiempos prerromanos y termina esta incursión en el “periodo cristiano”, tiempos medievales en los que aún nuestra ciudad carecía de heráldica determinada, pues Toledo, después de 1085, volvió a ser considerada “ciudad regia”, es decir que dependía directamente de la protección real. A continuación, se hace eco Ventura de un contencioso histórico –un supuesto “privilegio” concedido a Toledo por Alfonso VII  (1135) y confirmado por Pedro I, pero que ningún historiador ha visto. El supuesto privilegio hace referencia a que Alfonso VII concede “el sello e insignia y pendón real y armas (a Toledo) que fueron un emperador en su trono majestuoso, en las manos estoque y cetro con un orbe, y por respaldo un águila tendidas las alas”, y es lo que viene a confirmar Pedro I. Aporta otros datos Ventura –“la tumba de Alfonso VII en la catedral”, la sigilografía primitiva-, que reafirman la carencia de armas propias por parte de Toledo, por lo que usa distintivos pertenecientes al rey. Y como en estos distintivos regios y cancillerescos se impone “el rey mayestático” sentado en su trono empuñando una espada con la diestra y en la izquierda un cetro, termina imponiéndose como verdadero símbolo de la ciudad de Toledo, de lo que ofrece Ventura varios testimonios, incluso uno recogido en Ventas con Peña Aguilera.
 
         Este periodo preheráldico se prolonga hasta mediados del siglo XVII, a pesar de que desde el siglo anterior proliferen los escudos con el águila bicéfala como enseña ciudadana, de muy difícil interpretación simbólica por ser muchas y muy diversas las propuestas: “En el occidente europeo, el águila de las legiones romanas pasó a constituir la imagen emblemática central de los emperadores, tanto orientales como occidentales, de acuerdo con la idea de “restauratio imperi”.  Al recaer en uno solo –oriental- la condición honorífica de ambos imperios, debería usar un águila por cada uno, quedando simplificado este concepto en uno, pero con dos cabezas”. El ejemplo más antiguo de enseña con águila bicéfala conservado en Castilla lo introdujo Beatriz de Suabia, descendiente de la familia real bizantina y esposa de Fernando III y, a su vez, madre de Alfonso el sabio, que la soberana trajo entre su ajuar. Pero quien lo introdujo de manera definitiva es Carlos I, pues si en 1516 hereda el reino de España y en 1519 es nombrado rey de los romanos, por lo que pudo usar como soporte de su escudo el águila de una sola cabeza, desde 1530, fecha en que logró que los electos alemanes le alzasen con el título de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, introduce en la heráldica española el águila bicéfala, acompañado de otros distintivos, tal y como hoy lo conocemos y muestra su exuberante estampa la Puerta de Bisagra: ahí lo colocó la ciudad para agradecer al monarca la devolución a Toledo su condición de “urbs regia” e imperial. Y despojado de varios elementos, entre ellos las columnas de Hércules, pero siempre acompañado de los reyes sedentes en sus respectivas cartelas, se erige en la fachada principal del Ayuntamiento en 1612, momento en que se oficializan las armas de la ciudad, y así permanecen hasta la actualidad y se exhiben en puentes, puertas y fachadas de edificios nobles y emblemáticos de la ciudad.
 
         En los capítulos siguientes, trata todos y cada uno de los elementos heráldicos que integran el escudo real: las columnas de Hércules, el  Collar del Toisón de Oro y la corona, elementos que, como he señalado, desaparecen el las armas actuales de la ciudad, reducidos al águila bicéfala y a los reyes o emperadores sentados con cetro y espada.
 
         El capítulo VIII lo dedica Ventura a explicar la simbología de “la bandera municipal”, cuyos orígenes, tradicionalmente, se vienen localizando en el mismo privilegio de Alfonso VII, y de los estudios dedicados al llamado Pendón Real de Toledo o Pendón Municipal de Toledo (de D. Hilario González Hurtado, de D. Juan Moraleda y Esteban, de Francisco de Borja y San Román, García Rey, el conde de Cedillo, etc.), habla en las páginas siguientes. La conclusión al respecto es que Toledo nunca tuvo otro pendón heráldico que el real, usado desde los más altos siglos medievales, lo que confirma Pedro I, y era de color carmesí, como el de las armas del monarca. Y al desaparecer el carácter militar o guerrero de las banderas y estandartes, fueron transformadas en símbolos civiles de representación municipal, como prueba la desaparición del escudo real en el estandarte de 1881, en el que sólo flamean las armas de la ciudad: el águila bicéfala y los dos reyes o emperadores. En el último capítulo, el IX, Ventura habla del himno de la ciudad y de sus antecedentes históricos.
 

         Con este librito, pues, el académico Ventura Leblic nos ilustra con detalle sobre los diversos distintivos heráldicos ciudadanos, que vemos todos los días, pero de los que desconocemos sus orígenes y, sobre todo, su simbología; es decir, su valor y sentido.

 
 
 
 
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