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EL PATRIMONIO ARTÍSTICO DURANTE LA GUERRA CIVIL EN LA PROVINCIA DE TOLEDO, de Francisco García Martín
Diputación Provincial de Toledo, 2009
 
 
 
Un sustancioso libro de Francisco García Martín. Me refiero a la obra El patrimonio artístico durante la guerra civil en la provincia de Toledo, que acaba de ver la luz pública y se ofrece como muestra de una página muy elocuente de lo que también es “memoria histórica”. Es un libro denso en el que se detallan las vicisitudes por que pasa el patrimonio artístico, histórico y cultural de Toledo y su provincia durante la guerra civil (1936-1939): destrucción, reconstrucción y recuperación, principalmente. Para ello, Francisco García Martín revisa la información proporcionada por una serie de organismos creados en sendos bandos contendientes en la refriega fraticida.
     El autor señala un especial interés en los dos bandos por proteger y conservar el patrimonio artístico desde los mismos inicios de la guerra, y no sólo por el valor intrínseco del mismo; también, por la enorme repercusión que su celo en protegerlo ocasionaría en el exterior. Este preocuparse por el patrimonio tenía, pues, una gran importancia política y de propaganda. Ahí están, además, las declaraciones y los comentarios de María Teresa León en sus Memoria de la melancolía y en su novela Juego limpio, la primera en novelar aquella guerra civil.
     A pesar de que el Decreto republicano, al crear las Juntas de Defensa del Tesoro Artístico, hacía hincapié en reseñar los defectos producidos en los edificios y objetos palaciegos, es indudable que la destrucción se cebó con ahínco en el patrimonio eclesiástico que, en Toledo y su provincia, fue desbastador: las imágenes sagradas fueron decapitadas, arrastradas por las calles y objeto de burlas soeces y, luego, quemadas; los confesionarios, retablos, altares, crucifijos e imágenes de madera, quemados en el mismo cuerpo central de las iglesias o en las plazas públicas; el asesinato de sacerdotes y religiosos fue sañudo y cruel. Las iglesias, catedrales y conventos, y las ermitas y monumentos religiosos erigidos en lugares públicos y las cruces de los caminos fueron objeto de la ira popular: todo perseguido por la proclama marxista de que la iglesia que más ilumina es la que arde. Y a dar cuenta de todo ello, guiado por la documentación archivística –los Archivos de la Diputación, el Histórico Provincial y el Municipal de Toledo y el del Museo de Santa Cruz, junto al Archivo General de la Administración de Alcalá, el Histórico Nacional y el del Patrimonio Histórico Español, más la bibliografía sobre el tema tratado–, dedica el autor las 450 páginas de que consta el libro, agrupadas en doce capítulos, varios de los cuales exponen la actuación de los diversos organismos de protección y defensa del patrimonio. Estos organismos, aparte de salvaguardar los cuadros y otros objetos de valor artístico, – gran parte de los esfuerzos de estos organismos republicanos se encaminaban a embalar y evacuar los objetos de arte y tesoros y joyas a Valencia (luego, a Ginebra)–, redactaban inventarios sobre el estado de los edificios, principalmente palaciegos, y la suerte que habían corrido sus riquezas y dependencias en los primeros días de la contienda.
     En el bando nacional se levantaron actas, se redactaron informes, se cumplimentaron cuestionarios y se crearon organismos para evaluar, proteger y restaurar el patrimonio. El Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional trabajaba en este sentido en las zonas que el ejército nacional iba recuperando y, junto a las tropas, operaban los Agentes de Recuperación del Tesoro Artístico, cuya labor consistía en “rescatar” de la destrucción o el extravío aquellas piezas muebles que localizaban y no estaban suficientemente protegidas; principalmente, emitían informes sobre la situación en que se encontraban inmuebles y objetos artísticos tras el paso del frente. Con esta encomienda, recorren los pueblos y aportan una documentación, consignada día a día, extraordinaria al respecto. Y de ella se desprende que, además de los innumerables destrozos, ya en las dependencias de los edificios religiosos, ya en sus riquezas artísticas atesoradas, ocasionadas por las turbas enardecidas, muchos de estos edificios se hallaban ocupados por las tropas nacionales, lo que en nada favorecía a su conservación ni a las obras de arte que se albergaban: La Colegiata de Talavera es “depósito de artillería y en la que, por el peso de los armones, se van rompiendo las losas sepulcrales del pavimento”; el convento de Escalona servía de cuartel de aviación, por lo que el edificio era objetivo militar; la parroquia de Illescas servía de depósito de Intendencia; la Colegiata de Torrijos hacía las funciones de garaje y de taller mecánico, y el Palacio del Rey D. Pedro, que había servido como cárcel para los republicanos, era usado como lugar de acuartelamiento por las tropas de Franco, y los marroquíes no dudaban en usar la madera que en recinto encontraban para hacer fuego y cocinar, hasta el punto de que “se hicieron con el ataúd donde se hallaba Teresa para quemarlo”, pero se llegó a tiempo de evitarlo; el Convento franciscano y el Palacio de La Puebla de Montalbán fueron cárcel y cuartel, respectivamente. Sin embargo, en este pueblo los milicianos respetaron la imagen de El Cristo de la Caridad “por ser rojo”, como ellos.
     Sobre las vicisitudes del Patrimonio de Toledo ofrece cumplida cuenta el Centro del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional, junto con otros organismos de carácter local, información puntual que recoge García Martín en este documentado libro; y sobre el Patrimonio Artístico de la provincia es una Junta Delegada del Tesoro Artístico, que recorrerá todos los pueblos y ofrecerá los informes pertinentes. Pero el autor acude a otras fuentes complementarias: bibliográficas y orales para completar los datos ofrecidos, digamos, de manera oficial. Un documento de excepcional importancia para dar cuenta de las profanaciones de los milicianos y otros componentes del bando republicano es la Causa General, una especie de cuestionario que completaron autoridades y testigos de los actos relatados. Y a dar cuenta de los desperfectos y atrocidades ocurridos en todo el Patrimonio provincial, ocasionados por las barbaridades y salvajadas de gentes de las milicias populares adscritas al PSOE, PCE y sindicatos, dedica más de ochenta páginas por lo que, prácticamente, todos los pueblos de nuestra provincia se hallan citados entre ellas. Al final de las mismas, no queda sino lamentar el daño irreparable que en muchos casos ocasionó la saña pseudo-marxista y la incultura al patrimonio eclesiástico, amén del personal clerical y religioso que asesinaron vil y cruelmente.
     En el “balance” final concluye García Martín que “la contienda supuso para el patrimonio artístico toledano una de las mayores destrucciones que conoció en su historia reciente”. Termina el libro con un “Apéndice documental”, en el que se recogen las “actas de incautación” de los pueblos toledanos, “informes de viajes” realizados por Delegaciones oficiales y la respuestas de personas autorizadas y testigos al cuestionario de la “Causa General”. Un apartado bibliográfico cierra el libro.
     Presenta el libro, pues, una magnífica ocasión para reflexionar sobre el pasado, (aquí hay mucha memoria histórica que cotejar) y para enderezar el presente, de modo que se recupere el espíritu de la Constitución y se avance hacia un futuro en paz y fructífero. 
 
     GARCÍA MARTÍN, Francisco: El patrimonio artístico durante la guerra civil en la provincia de Toledo. Toledo. Diputación Provincial, 2009
 
 
 
 
 
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