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FAMILIAS, LINAJES Y APELLIDOS EN TIERRAS TOLEDANAS, de Ventura Leblic García
Ediciones Covarrubias, 2010
 
 
Acaba de aparecer un libro de Ventura Leblic "Familias, linajes y apellidos en Tierras Toledanas", publicado por Ediciones Covarrubias, que se ofrece como un museo de grupos sociales que poblaron la Península Ibérica desde los altos tiempos de la Edad Media, de cuyo mestizaje procede la sociedad española actual. Consta de dos partes: en la primera habla del origen de los nombres y apellidos comunes en la Península Ibérica desde los romanos de procedencia muy diversa, pues numerosas veces obedece a circunstancias físicas, morales o geográficas del ciudadano. Así, señala Ventura como primera procedencia nombres que se convierten en apellidos: Antonio Martín Martín; otros procedentes de cargos o profesiones: Mariscal, Cardenal; de apodos: Astete (astuto), Zorrilla;  también “de leyendas o historias”: Orellana (oreja), Figueroa (higuera FICARIA); y de cualidades físicas: Delgado, Recio; o cualidades morales: Amador, Galán, Cortés; asimismo, del lugar de procedencia: Castellano, Toledano, etc. Un segundo grupo se relaciona con la geografía, topónimos y accidentes geográficos: Castilla; Edilberto de Camarena; Cuesta, Camino; Corral, Tapia; Castaños, Olmedo, Perales, etc. El tercero lo forman apellidos religiosos, aportados por judíos conversos con el que buscaban reafirmar su adhesión a la fe cristiana. Otros proceden de niños nacidos en hospicios y orfanatos. Un nuevo racimo lo integran los procedentes de grandes familias, ya nobles, ya aristocráticas: Álvarez de Toledo, y los llamados “parlantes”: Buendía, Sotomayor; también los que proceden de términos “abstractos”, ya sustantivos: Alegría, ya adjetivos: Coronado, Jurado. Otros grupos se pueden cotejar, de los que Ventura entresaca aquellos de distinta nacionalidad, bien castellanizados, bien tomados tal cual: Acevedo, Carbalho; Dacuña o de Acuña (portugueses); franceses: Laforet, Gallardo, etc. Grupo aparte lo forman los gitanos, pues mantienen los de sus respectivos países de los que proceden: Sujamí, Majoré.
     En el siguiente capítulo establece las diferencias entre “familia”, “linaje” y “estirpe” y aclara el significado de “rama” y “línea” familiares. Y, a partir de estos conceptos y aquellos antecedentes, se propone constatar la presencia actual de familias en Toledo y su provincia, cuya ascendencia ocupó estas mismas tierras o se dispersaron por otras regiones o fuera de la Península. Y sobre este objetivo propio del investigador pretende otro el autor: que el presente ensayo sea punto de partida para recuperar aquella tolerancia y “mixtura” que distinguió a aquellas minorías étnicas.
     En la segunda parte Leblic hace hincapié en las vicisitudes históricas y sociológicas por que pasaron estas etnias, siempre en minoría y con un “modus operandi” –lengua, religión, cultura y forma de vida-, que resultaba bien diferente al aceptado por una nueva raza que despuntaba con fuerza y dinamismo: la castellana que, además, ostentaba el poder civil y religioso. A pesar de ello, existieron prolongados periodos de convivencia y mestizaje, de enriquecimiento cultural, en definitiva, que es deseable vuelva a florecer. Así pues, nos habla de los mozárabes, vecinos de Toledo durante trescientos años, adscritos a las seis parroquias autorizadas por los musulmanes, durante los cuales conocieron periodos de libertad y tolerancia y otros en que esa permisividad declinó, y ello supuso migraciones hacia otras regiones del norte de España, con lo que se divulgó la cultura asimilada. Son los “viejos mozárabes”, de los que descienden ocho legendarios linajes -los Palomeque, Illán, Toledo, Portocarrero, Gudiel, Cervatos, Roelas y los Armíldez-. Aún se localizan en Toledo dos mil familias procedentes de todos ellos.  
     Otra minoría es la de los francos, cuya presencia en Toledo se acentuó en el reinado de Alfonso VI: él mismo se casó con dos princesas francesas y sus hijas con tres  nobles franceses, con lo que se fomentaron las relaciones con el país vecino; de aquí, la influencia de la orden de Cluny, el nombramiento de Don Bernardo como arzobispo de Toledo, el cual trajo a la ciudad un grupo numeroso de clérigos franceses que ocuparon el monasterio de San Servando; la introducción de la letra carolingia, del rito romano-visigodo en sustitución del mozárabe, la influencia de la épica francesa en la española y la introducción de numerosos galicismos en nuestra lengua. Constituyen, sobre todo, un grupo urbano, pues se asentaron en Toledo y algunos en el poblado de Jumela. En Toledo ocuparon en “el Barrio del Rey”, en donde vivieron con un estatuto particular. Uno de ellos hubo de ser el autor del Auto de los Reyes Magos, la primera obrita de teatro (S. XII) en castellano. La mayor parte de sus apellidos han quedado diluidos en la cultura castellana.
     Etnias importantes en este variado paisanaje toledano lo componen los mudéjares y los moriscos, pues “Castilla la Nueva admitió lo musulmán como algo propio en razón de la dilatada tradición de asimilación y convivencia del mozárabe, del cristiano converso o del moro viejo integrado”. Y es lo que ocurrió en Toledo durante los siglos XI y XII, periodo de tolerancia y convivencia entre cristianos, moros y judíos. Muchos de los musulmanes que se quedaron en Toledo después de 1085, se bautizaron y asimilaron la cultura castellana, aunque mantuvieron sus mezquitas hasta su fusión definitiva; otros, sin embargo, permanecieron fieles a sus creencias islámicas y abandonaron la ciudad. Así pues, se conocen nombres de familias de mudéjares toledanos del siglo XII incluidos entre alfareros, artesanos, albañiles, etc. Uno de estos moriscos sería el traductor de aquellos cartapacios con letra aljamiada encontrados por Cervantes en la alcaná toledana que continuaban las aventuras de don Quijote y Sancho. La última oleada de moriscos que llegó a la ciudad ocurrió con motivo de las revueltas de Las Alpujarras: sometidos, fueron diseminados por toda España. A todos les alcanzó el decreto de expulsión de 1609, aunque algunos, atraídos por la nostalgia, regresaron.  
     Pero la minoría étnica más relevante es la judía, asentada en España desde el año 70 d.C. Desde siempre, se han mantenido alejados de otras comunidades por leyes y decretos que los limitaban socialmente, lo que provocó sucesivas oleadas de migración al norte de África. Muchos regresaron con la invasión musulmana y, después, con los independientes de Córdoba. En Toledo, se les asigno un a especie de gheto en torno al barrio de San Martín que les impedía cualquier contacto con los cristianos y musulmanes. No obstante, en el siglo XII formarían parte de la elite intelectual que trabajaba en la Escuela de Traductores, y en el XIII serían los principales colaboradores de nuestro regio paisano Alfonso X el Sabio; y, gracias a su intercesión, “el castellano empezó a servir de instrumento de alta cultura”, según Américo Castro. Más tarde se amplió su recinto y se extendería hasta los aledaños de la sinagoga del Tránsito. La población judía en Toledo fue muy relevante, si atendemos a que hubo diez sinagogas y cinco “madrasas” o centros de estudio y oración que ostentaban el nombre de sus fundadores. Disponían también de varios cementerios. Pero, a finales del siglo XIV, hubo encarnizadas persecuciones, saqueos y quemas de sinagogas y edificios sobresalientes cuyos dueños eran judíos. Durante el siglo XV arreció el antisemitismo azuzado, incluso, con leyendas truculentas, como la del Santo Niño de la Guardia, y aparece la Inquisición para examinar lo que hubiere de cierto en la conversión de los judíos. Después de su expulsión (1492), las sinagogas y los centros de estudio fueron clausurados. Y si todo ello solucionó el problema de los judíos, creó el de los conversos que desempeñaron cargos relevantes y sus descendientes fueron eminentes escritores;  otros ocuparon bancadas universitarias. Pretendieron ocultar sus orígenes judaizantes;  no obstante, Ventura Leblic anota cerca de cien familias de conversos repartidos por Toledo y sus pueblos.
     A detallar las vicisitudes por las que pasan los sefarditas y los hidalgos, se dedican los dos últimos capítulos. Los primeros son aquellos miles de judíos que abandonaron Sefarad (España), situación prolongada hasta 1924, fecha en que se les ofrece la posibilidad de regresar con plena libertad a España. Apunta el autor que son unos cuarenta mil los apellidos sefarditas, de los que el 39% son de origen español, y ofrece una treintena de ejemplos. A este respecto, se calcula que el 20% de la población de la Península Ibérica lleva sangre judía. Y los hidalgos o infanzones eran aquellos que costeaban sus propios servicios al Rey y a los ricos-hombres. Dispuestos y disponibles, engrosaban un ejército en la reserva que acudiría cuando fuera llamado para la conquista o defensa de un territorio. A cambio, recibían privilegios que, junto con aquella obligación, transmitían a sus descendientes. Este tipo social aparece con los inicios de la Reconquista en el norte de España y se expande por los reinos peninsulares a medida que éstos van surgiendo. Entre las distintas clases de hidalguía que recoge Ventura Leblic, resalto la “hidalguía personal”, reconocida a todos los docentes españoles desde los Reyes Católicos y confirmada por todos los monarcas posteriores. En Toledo se cuenta con un muestreo de hidalgos desde el siglo XVII que, a su vez, se completa con relaciones del XVIII, siglo éste en el que, según “el censo de Godoy” (1798), se contabilizaban en España cuatrocientos mil hidalgos. En Toledo se contaban mil doscientas familias, distribuidas entre la Sagra, la Mancha y Talavera y sus tierras, cuyos descendientes viven entre nosotros ubicados en distintos pueblos toledanos a los que el autor hace referencia y ejemplifica con numerosos apellidos.
     Termina el libro con un capítulo de “aplicación genealógica”, en el que expone varios modelos de investigación para reconstruir nuestros ancestros, con las pertinentes conclusiones y con un apartado llamado “apéndice documental” o conjunto de textos con que recrea la atmósfera cultural en que se realizaron estas minorías que poblaron la ciudad de Toledo y sus pueblos.
     Y todo va precedido de un elocuente prólogo y cerrado por el correspondiente apartado bibliográfico.
       
   LEBLIC GARCÍA, Ventura: Familias, linajes y apellidos en tierras toledanas. Argés (Toledo). Ediciones Covarrubias, 2010. 
 
 
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